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11 octubre 2011

La extravagancia de Carlos Mármol

Quienes leéis con asiduidad este blog sabéis que tengo una más que evidente admiración por uno de los, a mi juicio, mejores periodistas con los que cuenta la prensa de esta ciudad: Carlos Mármol, a la sazón subdirector de Diario de Sevilla.

El verbo de Carlos es sabio, meticuloso y clarificador como pocos. Sus columnas, largas y parsimoniosas, tienen ese deje didáctico que, además de informarte, hace que merezca la pena todavía comprar un periódico, a pesar de lo tiempos que corren. Sus regustos suelen ser exquisiteces para el paladar de las que luego te cuesta trabajo desprenderte.

En La Noria no sólo se encuentran la mayoría de las claves que desentrañan la política local, sino también una fórmula periodística que me trae constantemente a la mente aquella máxima del gran Gabriel García Márquez: primicia es el primero que lo cuenta bien. Y Carlos lo hace sobrado.

Hoy nos ha regalado dos perlas insustituibles. La primera una vivisección magistral del modo de ser de esta ciudad, Sevilla, con el sugerente y metafórico título de “El retablo de las maravillas”. La ciudad, el espejo de lo que somos quienes en ella vivimos, desmenuzada en miasmas que se repiten una y otra vez para construir la realidad cotidiana que llena nuestro existir.

La segunda un meticuloso desmembramiento de los retos y las trampas de la celebración de la final de la Copa Davis en la ciudad. Imprescindible para tener una idea aproximada de lo que significa el evento y sus repercusiones en todos los aspectos con información de primera mano.

Todo un lujo para el cansino paisaje periodístico de una ciudad, casi siempre disfrazado con los ropajes del servilismo político-económico, donde se cumple a rajatabla una de las señas de identidad de los tiempos cervantinos relatadas en su artículo: “Pensar por sí mismo, algo peligrosísimo. Escribir sin más dueño que la propia conciencia una extravagancia”.

A mí me gusta empaparme de la libertad que emanan las columnas de Carlos. Será que, como él, también me he vuelto extravagante.

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