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07 diciembre 2015

La cortina de hierro

Todos los que hemos pasado por una facultad de periodismo sabemos de la importancia del arranque en cualquier pieza informativa. En él se condensa todo; el ritmo, el estilo, el corazón del texto que viene a continuación. Es como el termómetro, el indicador definitivo del conjunto final. De su acierto o no depende en buena medida el éxito de la comunicación.

Imaginad a un joven periodista de apenas 30 años —cualquier licenciado en la materia hoy en día apenas si ha podido desempeñar la profesión a cuyo estudio ha dedicado tantos años— al que encargan un viaje a la Europa del Este en la segunda mitad de los años 50 para que realice una crónica del mismo. Europa se encontraba entonces en el epicentro de la Guerra Fría, transcurridos poco más de diez años de la conclusión de una contienda que la había devastado hasta las entrañas y había dividido el mundo en dos grandes bloques antagónicos, dejando tras de sí millones de muertos y un amplio muestrario de las atrocidades de las que es capaz el ser humano. El encargo, desde luego, no podía ser más cabrón.

En esa situación se vio el joven Gabriel García Márquez en 1957, cuando inició su viaje de 90 días al otro lado del Telón de Acero. La encomienda corría de parte del diario El Espectador de Colombia para publicarlo por entregas, igual que había hecho antes con su incomparable Relato de un náufrago.

El marrón de arrancar un trabajo de tal envergadura —y, sobre todo, hacerlo bien— es acojonante. Puedes pasarte horas y días enteros revisando notas y recuerdos hasta fijar cuál es el punto idóneo para arrancar una historia de tanta complejidad. En ese proceso no pocas veces se roza el histerismo de la desesperación, puedo dar fe de ello. Pero cuando das con él, cuando lo vislumbras entre el amasijo de datos, declaraciones e impresiones que se amontonan en una infinidad de papeles desperdigados por la mesa de trabajo, es como si vieras el paraíso delante de ti. A partir de ahí, todo fluye, todo cuadra como en un puzle ensamblado por una mano divina, y llegar hasta el final de lo que quieres contar se convierte en un ejercicio placentero. Un orgasmo sin final de las palabras y las frases conjuntadas como si de un pequeño universo se tratara.

Este conflicto, que a tantos nos ha proporcionado innumerables dolores de cabeza, el joven Gabriel García Márquez lo solucionó así:

“La cortina de hierro no es una cortina ni es de hierro. Es una barrera de palo pintada de rojo y blanco como los anuncios de las peluquerías. Después de haber permanecido tres meses dentro de ella me doy cuenta de que era una falta de sentido común esperar que la cortina de hierro fuera realmente una cortina de hierro. Pero doce años de propaganda tenaz tienen más fuerza de convicción que todo el sistema filosófico. Veinticuatro horas diarias de literatura periodística terminan por derrotar el sentido común hasta el extremo de que uno tome las metáforas al pie de la letra”.

Ahí queda, escrito con simplicidad para quienes hayan olvidado aquella primera lección de las Facultades de Periodismo. Como dice mi amigo Juanjo Cerero, el que escribe bien sólo sabe escribir bien.