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30 octubre 2009

Javier Bauluz: “Los periodistas también comen”


Cualquiera hubiese llegado a la conclusión de que había levantado bastante expectación en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla la conferencia para el acto de apertura de curso que ha impartido hoy el periodista Javier Bauluz bajo el sugerente título de “Periodismo SOS”.

Luego, a medida que el acto transcurría, la realidad se acaba imponiendo y sale a flote esa cara desagradable, implacable termómetro de la sociedad de hoy, que te sitúa en el sitio justo, para que no pierdas nunca la tierra que te sostiene bajo los pies.

No es agradable constatar que en una facultad de comunicación, a rebosar de futuros periodistas, buena parte de los alumnos asistentes sólo fueran interesados por el crédito que otorga el certificado de asistencia. Si quienes tienen que blandir con más fuerza que nadie el estandarte de la profesión en los próximos años entienden que en las palabras y experiencias de Bauluz no hay nada más interesante que la obtención fácil de un miserable crédito académico, mal futuro le auguro al periodismo.

El acto no comenzó de una manera que se pudiera calificar de esperanzadora, porque antes de que Javier tomase la palabra alguien auguró a la audiencia que tenía que reciclarse, sin caer en la cuenta de que se estaba dirigiendo a una masa informe de gente que todavía no ha acabado su formación. Mal asunto si, cuando todavía no has conseguido el título que te acredita como profesional, ya te están diciendo que te has de reinventar. Algo no cuadra en ese paisaje.

Javier comenzó su intervención mostrando de Palestina del año 1980, en concreto una que la tuvo que hacer desde debajo del sobaco del tipo que aparecía disparando su fusil en la instantánea. Rememoró a la audiencia aquello que decía Kapa de que si la foto no es buena es que no estás lo suficientemente cerca.

A continuación mostró fotos de El Salvador, Nicaragua, Chile. Las imágenes fueron sucediéndose acompasadas en las palabras de Javier, que poco a poco silenciaban la sala. Es lo que tiene la cruda realidad, que le arranca la voz al más pintado.

Quizás impresionado por el silencio del auditorio ante la dosis de humanidad recibida, Javier templó la suerte explicando que muchas veces no hace falta irse tan lejos para contar historias, sólo es necesario tener ganas de contarlas. Después llegaron las fotos de Ruanda un lugar “donde las personas lo único que hacían era morirse” y que le sirvió para explicar a la audiencia la maravillosa carambola que a veces produce la información, cuando tú no haces más que enviar trozos de realidad y la sociedad te devuelve aviones repletos de ayuda humanitaria. La buena información, el buen periodismo, remueve las conciencias y provoca reacciones que en situaciones normales parecen imposibles.

Luego nos contó de Sarajevo, “un lugar donde los periodistas estábamos en el punto de mira” y nos explicó que “en Bosnia no era posible la objetividad, había que contar lo que hacían unos y otros. Era preferible la veracidad y la honestidad”. Viendo las caras que ponían algunos, hubiera asegurado que esos lugares, esas personas que mostraban al objetivo su particular momento de miseria, no habían existido nunca.

En ese clima abordó Javier el momento actual del periodismo, como si hubiese practicado una terapia previa de aclimatación antes de abordar el asunto crucial de la conferencia.

Diagnosticó de un plumazo el mal que nos corroe, que es el mismo del capitalismo: “la ambición de unos pocos y la fragilidad de muchos”. Y aventuró que “los periodistas están, no para ser esclavos del poder, sino para mantener un punto intermedio entre la sociedad y la realidad” y reivindicó que “el Manifiesto Periodismo y Derechos Humanos debería ser de primer curso de periodismo”. Aunque mucho me temo que la mayoría del personal con algo que decir en la universidad pasó por alto la observación.

Fue entonces cuando se sumergió en la pasión que lo corroe, porque se le nota a leguas la vocación, y lanzó el reto a los asistentes de recuperar el control del oficio, porque si no “poco vamos a poder aportar a esta sociedad” y que apostáramos por las nuevas tecnologías, porque ellas “nos posibilitarán hacer buen periodismo”. La sorpresa se la llevó cuando iba a referir el caso de Soitu y preguntó a la audiencia que cuántos conocían la existencia del todavía fresco cadáver informativo. Tan sólo cinco brazos se alzaron en un auditorio a rebosar. La imagen de la imponente puerta metálica de la portada de Soitu proyectada sobre la gran pantalla en la pared alcanzó entonces toda la plenitud de su significado.

Pero Javier no se arredró y arremetió con que “hay miles de periodistas que se sienten secuestrados en sus redacciones, obligados a hacer un tipo de periodismo que no les gusta”, condenados a trabajar bajo unos parámetros que no son los que rigen esta sagrada profesión, porque “el morbo o el espectáculo convierten en anónimos a los verdaderos protagonistas de la noticia”.

Denunció esa actitud miserable de muchos medios a los que “sólo interesan las noticias que producen dinero” y se postuló por la necesidad de “alcanzar la independencia del poder y demostrar que se puede hacer buen periodismo y dar un servicio a la sociedad”.

Cuando se acercaba al final afirmó que “Internet es el presente, ya no es un sueño, sino toda una realidad” y aconsejó a los futuros reporteros que no esperen “que sólo la respuesta al periodismo esté en los medios tradicionales, hay nuevas formas y debéis explorarlas”, porque “las historias se pueden contar en todos los formatos y esto hace posible que podamos llegar a muchos soportes”. No sin antes recordarles que, por mucho que cambien los medios y la situación de la profesión, “los periodistas también comen” y lo único que quieren es hacer periodismo para hacerlo posible.



2 comentarios:

Lienzo de Babel dijo...

Gracias, compi, por la síntesis de la charla y por el diagnóstico de la profesión: contar la verdad de lo que ocurre y adaptarse al "papiro" predominante donde tengas que hacerlo. ¿Y qué contestó el decano?

Jack Daniel's dijo...

Lienzo de Babel: el decano nosabe o no contesta.