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09 enero 2017

El roquero antológico

Llegó al barrio un día cualquiera de no se sabe dónde. Desde el primer momento a la chavalería nos llamó la atención su estampa de roquero legendario. La guitarra terciada a la espalda, la melena abundante danzando al viento, la barba descuidada y anárquica y las manos apresadas en el pozo de los bolsillos del vaquero. Calzaba unas botas de piel de culebra, con tacón prominente y puntera de flecha, y miraba a su alrededor como quien no va a ninguna parte. Transitaba las calles suspendido en un balanceo pendular, como si bailara en el aire. Sus ojos color melón irradiaban una transparencia acuosa que imantaba.

Se instaló sin ruido en una vivienda angosta situada en una esquina de la colectiva que lindaba con la Plaza Cervantes. Era un piso con hechuras de barco que había sido de su abuela, muerta por acumulación de años meses antes. La casa se estrechaba progresivamente a medida que encaminabas tus pasos desde el último dormitorio al salón limítrofe con la fachada del edificio. Era como un túnel cónico que perdía luz cuanto más te adentrabas en él. En las habitaciones del fondo jamás penetraba la claridad del día y siempre ofrecían el lúgubre aspecto de una celda de calabozo.

Lo primero que hizo para acondicionar aquel antro escuálido y lóbrego fue deshacerse de la sobriedad de los muebles que su abuela había acumulado a lo largo de años. Luego atestó las habitaciones de cojines irisados y empapeló las paredes con pósteres a todo color de los ases mitológicos del rock. También conectó un aparato de alta fidelidad y un amplificador para su guitarra. Durante el remanso de las siestas y en las madrugadas solitarias, se dedicó a atormentar a los vecinos explorando acordes y melodías novedosas, mientras consumía aquellos porros que liaba con precisión de torcedor cubano. Elaboraba los canutos con la mezcolanza de tabaco y marihuana que extraía de una faltriquera de cuero prendida de su cuello, en la que destacaba la cabeza de un indio repujada en su centro. Quizás por eso, cuando estaba hasta el gorro, nos martirizaba a base de conferencias magistrales sobre el efecto sedante de la risa. O lo que es lo mismo, siempre.

Aquel tipo —se llamaba Jaime, aunque nosotros lo apodábamos Pink Floyd—, inició en la senda de la alucinación a toda una generación del barrio. El ritual comenzaba con el atardecer, igual daba invierno que verano, cuando nos adentrábamos en su reino de sombras para seguir a pies juntillas sus indicaciones y sumergirnos en el camino de la iluminación. Después nos metíamos entre pecho y espalda varios canutos del revoltijo herbáceo que extraía de su escarcela de siux y nos dejábamos llevar por los acordes de las leyendas del rock, que brotaban en estampida de los altoparlantes de su equipo de alta fidelidad. Cuando el vacilón colectivo alcanzaba su clímax, no quedaba nadie en el cubículo que no hubiese liberado los deseos más íntimos, la consciencia individual, los sueños más secretos y hasta el botón de chapa de los vaqueros. Ciegos como murciélagos y saturados de rock, Pink Floyd exponía su cosmovisión del mundo, propiciada por una cualidad que se atribuía — percepción intemporal, la llamaba—, según la cual era capaz de aprehender todos los puntos de vista posibles sobre cualquier tema. Era entonces cuando sus narraciones rozaban la atemporalidad y nos embobaba con su labia envolvente.

Nos contaba sus devaneos por las comunas de Estados Unidos, cargado con su guitarra y vestido como un zarrapastroso. Según decía, en la de Chicago se topó en un antro con un viejo negro que tocaba blues en una guitarra sobada acompañado de tres ancianos decrépitos y temblantes, también afroamericanos. El bluesman lucía unas gafas de sol oscuras de montura gruesa, a pesar de que era noche cerrada y en el local apenas se veía una mierda. Cuando concluyeron el bolo, se acercó a la mesa donde el grupo trasegaba whiskies de Tennessee sin descanso. El negro se sinceró y le confesó que las gafas eran para disimular las lágrimas que se precipitaban desde sus ojos cada vez que cantaba blues, porque se le agolpaban en la mente las voces y los ecos de sus ancestros. Cuando se le pasó el colocón, se enteró por el barman de que el tipo no era otro que Big Jhon, el mítico músico de Mississipi, una gloria viviente del género que se había dejado caer por allí para alternar con un grupo de viejos amigos. Tardaría años en percatarse de que había estado escuchando en directo una voz única, desgarradora y ácida como una dentellada de limón, por la que suspiraban millones de oídos del planeta.

A menudo nos cantaba, rasgando las cuerdas de su guitarra con sus uñas largas e impecables, una canción que había compuesto a raíz de la anécdota. La letra hablaba de preguntas hechas a uno mismo mientras el mundo sesteaba y de que las respuestas habían de ser cuidadosas, so pena de que te tildaran de radical o, aún peor, de terrorista. Pink Floyd había llegado a la conclusión de que, para ser respetable, era imprescindible convertirse en un vegetal incapaz de pensar por sí mismo. No hemos aprendido nada, por absurdo que pueda parecer —finalizaba—. Soy tan ilógico que en realidad no sé ni quién soy.

Cuando terminaba sus actuaciones, quedaba suspendido en un cuelgue contemplativo —los ojos extraviados en una pared, la mano rendida sobre el traste—, mientras nosotros rumiábamos el mensaje imbuido entre los acordes al tiempo que se esparcían por la atmósfera de fumadero que reinaba en la casa. Un mundo etéreo con el que soñábamos cada noche y a cuyos imbricados engranajes todavía hoy le doy vueltas en la memoria y no consigo descifrarlos.
Sin embargo, su demencia psicodélica no era impedimento para acabar las noches con una amante misteriosa que le hacía corretear por encima de los muebles entre carcajadas, antes de retozar en la cama hasta el amanecer. Era una morena escultural, de la que nadie conocía el nombre, que se colaba en la colectiva como un alma errante y nos tenía a todos el seso sorbido, por no decir otra cosa peor. El callejón al que daban las ventanas de la casa era tan angosto que los vecinos de la acera contraria podían hasta escuchar los sueños que, de tanto vociferarlos, pronto pasaban a formar parte de la realidad cotidiana del barrio. Por eso nosotros, cuando nos enteramos, nos agachábamos bajo el pretil y nos sentábamos de espaldas al muro, acuclillados sobre el acerado, a estremecernos con los gemidos y exabruptos que vomitaba la ventana de su dormitorio las noches de amor desenfrenado.

La mayor parte de nuestra juventud la empleamos, tiesos como estábamos entonces, en los encuentros lisérgicos que se prolongaban hasta la madrugada en aquel cuchitril. Parecíamos discípulos budistas de un monje atípico que versificaba sus admoniciones a base de acordes distorsionados, cuya única obsesión era glosarnos las bondades de un estado de inexistencia envuelto en una nebulosa alucinógena muy semejante a la nada. El sendero iniciático en la mística de los estupefacientes combinados con rock a toda caña abarcó esos años difíciles en los que se suponía que debíamos cambiar. Una transición inevitable a la que temíamos más que a los viajes por los páramos de la psicodelia. Nos descuidamos de la fugacidad del tiempo —hasta tal punto que incluso llegó a dejar de existir— y relegamos a un rincón del olvido una realidad que no nos gustaba, pero que no teníamos ningún interés en cambiar. Tal vez por eso, quizás llegamos algo tarde a la constatación de que el mundo seguía ahí afuera, esperándonos.

Un día incierto, Pink Floyd se fue de nuestras vidas de la misma manera en que había llegado: en silencio. Algunos aseguraban que a Sri Lanka, a ejercitarse en una exótica creencia espiritual. Lo cierto es que, tras su marcha, aquella colectiva jamás volvió a ser la misma. Aún hoy, cuando atravieso el callejón estrecho que la bordea, me resuenan en los tímpanos los quejidos de su guitarra melancólica, la fricción de sus palabras narrando sus historias de vagabundo y los gemidos estremecedores de sus veladas de lujuria. Es entonces cuando siento en mi interior que, con su partida, perdí una parte de mi vida y una concepción de la existencia que todavía me asalta en las duermevelas, porque, como usted bien sabe, los recuerdos unen, mientras que el vivir distancia.
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07 octubre 2016

La danza de los espejos enfretados




En ‘La danza de los espejos enfrentados’ el esfuerzo por reconstruir una cierta memoria de España se encuentra con un vuelo literario que deja a un humilde barrio sevillano más cerca del realismo mágico que de la crónica de costumbres. A través de un ‘pub’ que es más excusa que lugar, más reunión de fantasmas que fiesta desbocada, se desvela una obra en la encrucijada entre la desubicada declamación teatral y una cierta ambición de epopeya mítica sobre cómo consigue un grupo de personas construir algo más allá del dolor y la muerte.






'La danza de los espejos enfrentados' ya está disponible en Editorial Seleer.

22 diciembre 2015

El éxito de Podemos en Sevilla capital cuestiona la estrategia de Participa


De los casi 29.000 votos obtenidos en la ciudad en las pasadas elecciones municipales, bajo la marca Participa Sevilla y en confluencia con algunos independientes procedentes de Ganemos, a los más de 81.000 conseguidos en las generales de hace dos días. 52.300 votos más y una subida de más de 11 puntos porcentuales. 



Es el análisis que ofrecen los datos obtenidos por Podemos en Sevilla capital, una subida espectacular que cuestiona seriamente la fórmula escogida para concurrir a las municipales y que casi con toda seguridad tendrá como consecuencia que la crisis entre el Comité Ciudadano sevillano y los miembros de la formación morada que integran la candidatura municipalista se agudice. De hecho, las dos concurrencias que ha vivido Podemos con marca propia ha obtenido unos resultados bastante más alentadores que la fórmula confluente.


Cabe recordar aquí que la formación morada se desvinculó desde el minuto uno de la plataforma municipalista, a pesar de que la apoyó durante la campaña electoral. Las diferencias internas sobre la manera de gestionar la representación obtenida propiciaron esa ruptura, que a día de hoy continúa. De hecho, el Comité Ciudadano de Podemos Sevilla ha efectuado hasta la fecha dos comunicados desvinculándose de la gestión llevada a cabo por los integrantes de Participa Sevilla. 

Fuentes muy cercanas a la dirección nacional del partido han manifestado su preocupación por la situación que se vive en la ciudad de Sevilla en el plano municipal, llegándola incluso a calificar como “nefasta”. A ello hay que sumarle las críticas procedentes de otras plataformas municipalistas de la provincia por su manera de actuar en la Diputación de Sevilla, donde la acusan de haber ignorado un supuesto acuerdo para compartir la representación en dicha institución.

También llama la atención el hecho de que la formación verde morada no pidiera el voto para Podemos en las generales hasta el día 18 de diciembre a las 19 horas, a poco más de un día para las votaciones. O que su portavoz, Susana Serrano, se ratifique en su apuesta por la confluencia con otras formaciones, en relación al éxito obtenido en Cataluña, tan sólo un día después de haber concluido las mismas. 

Tensiones que se han venido agravando desde la constitución del grupo municipal y que propiciaron que Podemos Sevilla optara abrir una línea de comunicación directa con el alcalde, desvinculándose así de la gestión del grupo municipal, y que muchos de los militantes de la formación morada cuestionen en las redes sociales la participación “ligth” de los integrantes de Participa Sevilla en la campaña electoral.

21 diciembre 2015

El centro derecha recupera terreno en Andalucía

No tengo muchas ganas de escribir sobre el tema, pero la conclusión tras un análisis de los datos obtenidos es ésa: el Partido Popular y Ciudadanos recuperan terreno en Andalucía si comparamos los resultados obtenidos por las distintas formaciones políticas obtenidos en las pasadas elecciones andaluzas y las generales celebradas ayer. Lo mismo puede decirse de los resultados que se han producido tanto en la provincia de Sevilla como en su capital. Os dejo los datos y unos gráficos para que cada cual haga su propia lectura.


07 diciembre 2015

La cortina de hierro

Todos los que hemos pasado por una facultad de periodismo sabemos de la importancia del arranque en cualquier pieza informativa. En él se condensa todo; el ritmo, el estilo, el corazón del texto que viene a continuación. Es como el termómetro, el indicador definitivo del conjunto final. De su acierto o no depende en buena medida el éxito de la comunicación.

Imaginad a un joven periodista de apenas 30 años —cualquier licenciado en la materia hoy en día apenas si ha podido desempeñar la profesión a cuyo estudio ha dedicado tantos años— al que encargan un viaje a la Europa del Este en la segunda mitad de los años 50 para que realice una crónica del mismo. Europa se encontraba entonces en el epicentro de la Guerra Fría, transcurridos poco más de diez años de la conclusión de una contienda que la había devastado hasta las entrañas y había dividido el mundo en dos grandes bloques antagónicos, dejando tras de sí millones de muertos y un amplio muestrario de las atrocidades de las que es capaz el ser humano. El encargo, desde luego, no podía ser más cabrón.

En esa situación se vio el joven Gabriel García Márquez en 1957, cuando inició su viaje de 90 días al otro lado del Telón de Acero. La encomienda corría de parte del diario El Espectador de Colombia para publicarlo por entregas, igual que había hecho antes con su incomparable Relato de un náufrago.

El marrón de arrancar un trabajo de tal envergadura —y, sobre todo, hacerlo bien— es acojonante. Puedes pasarte horas y días enteros revisando notas y recuerdos hasta fijar cuál es el punto idóneo para arrancar una historia de tanta complejidad. En ese proceso no pocas veces se roza el histerismo de la desesperación, puedo dar fe de ello. Pero cuando das con él, cuando lo vislumbras entre el amasijo de datos, declaraciones e impresiones que se amontonan en una infinidad de papeles desperdigados por la mesa de trabajo, es como si vieras el paraíso delante de ti. A partir de ahí, todo fluye, todo cuadra como en un puzle ensamblado por una mano divina, y llegar hasta el final de lo que quieres contar se convierte en un ejercicio placentero. Un orgasmo sin final de las palabras y las frases conjuntadas como si de un pequeño universo se tratara.

Este conflicto, que a tantos nos ha proporcionado innumerables dolores de cabeza, el joven Gabriel García Márquez lo solucionó así:

“La cortina de hierro no es una cortina ni es de hierro. Es una barrera de palo pintada de rojo y blanco como los anuncios de las peluquerías. Después de haber permanecido tres meses dentro de ella me doy cuenta de que era una falta de sentido común esperar que la cortina de hierro fuera realmente una cortina de hierro. Pero doce años de propaganda tenaz tienen más fuerza de convicción que todo el sistema filosófico. Veinticuatro horas diarias de literatura periodística terminan por derrotar el sentido común hasta el extremo de que uno tome las metáforas al pie de la letra”.

Ahí queda, escrito con simplicidad para quienes hayan olvidado aquella primera lección de las Facultades de Periodismo. Como dice mi amigo Juanjo Cerero, el que escribe bien sólo sabe escribir bien.