Hace días me acerqué al remozado centro histórico de la ciudad en un intento vano de encontrar territorios vírgenes donde recopilar la chatarra que me proporciona el sustento del tan ansiado líquido dorado.
Caminaba por la recién estrenada zona peatonal, sorteando no sin dificultad con mi carrito de compras cochambroso los raíles del flamante tranvía que las transita, como si de un formidable pepino sideral plateado con ruido de arrastre de cadenas se tratase, cuando una de las pocas personas que no se apartó al advertir mi presencia, despectivas y con caras de asco, una señora entrada en años y vestida con sencillez, protestó a mi altura.
-¡Estamos locos, coño!. -decía- Desmontamos una red entera de tranvías y ahora, tantos años después, volvemos a poner uno que nos va a costar un riñón y parte del otro.-
Hasta entonces no advertí que no se veía un tranvía por las calles de Sevilla desde finales de los cincuenta y que, lo que ahora se vende como la última tecnología en lo referente a un transporte urbano respetuoso con el medio ambiente, había sido puesto en marcha allá por los años veinte, conviviendo entre nosotros por espacio de algo más de treinta años, hasta que a algún lumbreras municipal se le ocurrió la brillante idea de dilapidarlo, para suplantarlo por una flamante flota de los por entonces novedosos autobuses de gasoil.
En aquellos tiempos, supongo, el respeto por el medio ambiente se la sudaba a los prebostes municipales y la previsión a futuro no era una de las prácticas más habituales, porque, a pesar de que el autobús es un sistema mucho más rápido que el tranvía, no había que ser futurólogo para adivinar que la expansión del coche privado conllevaría a la larga una mayor contaminación del aire que respiramos y un caos circulatorio que podría derivar en el colapso total.
En este caso ha ocurrido lo mismo que con los ordenadores y teléfonos móviles, que no acabas de quitarle el precinto el que te has comprado, cuando ya ha salido al mercado uno nuevo que lo convierte en obsoleto, como si la tecnología sufriese de alucinaciones, sólo que con el tranvía han transcurrido la friolera de cincuenta años y ha sido en el sentido inverso.
Así pues, a pesar de lo tardío de la rectificación, no me queda otra que alabar una medida que despeja de polución los edificios más emblemáticos de la ciudad –otro día hablaré de las cagadas de las palomas, que es otro cantar- y que permite que el aire sea algo más respirable en lugares donde tradicionalmente apetece el paseo y la reflexión.
Lo que no puedo dejar de achacarle al ínclito alcalde de la ciudad es la misma falta de imaginación y previsión de futuro que demostraron quienes desmantelaron los tranvías en los cincuenta, porque para que el pepino sideral plateado circulara, no era necesario poblar las calles con un oscuro bosque tupido de tubos de acero que oculten la plasticidad de la vista monumental a los ojos de los paseantes, como ha ocurrido con las horteras catenarias que ha instalado por doquier.
Caminaba por la recién estrenada zona peatonal, sorteando no sin dificultad con mi carrito de compras cochambroso los raíles del flamante tranvía que las transita, como si de un formidable pepino sideral plateado con ruido de arrastre de cadenas se tratase, cuando una de las pocas personas que no se apartó al advertir mi presencia, despectivas y con caras de asco, una señora entrada en años y vestida con sencillez, protestó a mi altura.
-¡Estamos locos, coño!. -decía- Desmontamos una red entera de tranvías y ahora, tantos años después, volvemos a poner uno que nos va a costar un riñón y parte del otro.-
Hasta entonces no advertí que no se veía un tranvía por las calles de Sevilla desde finales de los cincuenta y que, lo que ahora se vende como la última tecnología en lo referente a un transporte urbano respetuoso con el medio ambiente, había sido puesto en marcha allá por los años veinte, conviviendo entre nosotros por espacio de algo más de treinta años, hasta que a algún lumbreras municipal se le ocurrió la brillante idea de dilapidarlo, para suplantarlo por una flamante flota de los por entonces novedosos autobuses de gasoil.
En aquellos tiempos, supongo, el respeto por el medio ambiente se la sudaba a los prebostes municipales y la previsión a futuro no era una de las prácticas más habituales, porque, a pesar de que el autobús es un sistema mucho más rápido que el tranvía, no había que ser futurólogo para adivinar que la expansión del coche privado conllevaría a la larga una mayor contaminación del aire que respiramos y un caos circulatorio que podría derivar en el colapso total.
En este caso ha ocurrido lo mismo que con los ordenadores y teléfonos móviles, que no acabas de quitarle el precinto el que te has comprado, cuando ya ha salido al mercado uno nuevo que lo convierte en obsoleto, como si la tecnología sufriese de alucinaciones, sólo que con el tranvía han transcurrido la friolera de cincuenta años y ha sido en el sentido inverso.
Así pues, a pesar de lo tardío de la rectificación, no me queda otra que alabar una medida que despeja de polución los edificios más emblemáticos de la ciudad –otro día hablaré de las cagadas de las palomas, que es otro cantar- y que permite que el aire sea algo más respirable en lugares donde tradicionalmente apetece el paseo y la reflexión.
Lo que no puedo dejar de achacarle al ínclito alcalde de la ciudad es la misma falta de imaginación y previsión de futuro que demostraron quienes desmantelaron los tranvías en los cincuenta, porque para que el pepino sideral plateado circulara, no era necesario poblar las calles con un oscuro bosque tupido de tubos de acero que oculten la plasticidad de la vista monumental a los ojos de los paseantes, como ha ocurrido con las horteras catenarias que ha instalado por doquier.
Imagen: Diario de SevillaQuizás es que no encuentra otra manera de justificar la ineficacia y la ineptitud propia y se dedica a vilipendiar a los demás como justificación, porque tras seis meses de pruebas es inexplicable que sucedan acontecimientos como el de hoy sin que se vea salpicada su labor como gestor público.
Lo que nadie se pregunta en estos momentos es si la puesta en funcionamiento del tranvía es la más idónea, si la formación y selección del personal ha sido la más adecuada, dado el hecho de que la inmensa mayoría de los trabajadores está públicamente en contra de la manera en que se ha llevado a efecto, y si con unas relaciones laborales tan deterioradas como las que existen en la actualidad en la empresa municipal, tras la huelga en vísperas de las pasadas elecciones, era conveniente improvisar de la manera de la que se ha hecho. Claro que, dado el talante de este señor, no me extrañaría nada que mañana inculpase a los trabajadores de acciones batasuneras para sabotear el nuevo sistema de transporte, como ya ha hecho con anterioridad en otros asuntos. Cualquier cosa menos una lámpara en su traje inmaculado, que para eso están los currelas, para cargar siempre con las culpas ajenas.
Lo que nadie se pregunta en estos momentos es si la puesta en funcionamiento del tranvía es la más idónea, si la formación y selección del personal ha sido la más adecuada, dado el hecho de que la inmensa mayoría de los trabajadores está públicamente en contra de la manera en que se ha llevado a efecto, y si con unas relaciones laborales tan deterioradas como las que existen en la actualidad en la empresa municipal, tras la huelga en vísperas de las pasadas elecciones, era conveniente improvisar de la manera de la que se ha hecho. Claro que, dado el talante de este señor, no me extrañaría nada que mañana inculpase a los trabajadores de acciones batasuneras para sabotear el nuevo sistema de transporte, como ya ha hecho con anterioridad en otros asuntos. Cualquier cosa menos una lámpara en su traje inmaculado, que para eso están los currelas, para cargar siempre con las culpas ajenas.

