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19 diciembre 2013

El manto de silencio sobre Madeja

Es justo reconocer que el alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, ha reaccionado con rapidez y diligencia en el escándalo aireado a raíz de la operación Madeja. También es probable que no le haya quedado más remedio que hacerlo así, porque lo que le ha descuadrado lo planes al regidor es algo que nunca se esperaba: que uno de los suyos de confianza se viera salpicado por la mierda que otro esputa.

Zoido, tan avezado en esa táctica de enchufar el ventilador, jamás hubiera pensado que un asunto que le venía como anillo al dedo para algo tan de su gusto como tirar de la herencia recibida acabaría manchándole el traje. Y no porque su figura esté involucrada en la asquerosa trama que se vislumbra campaba a sus anchas por los pasillos de parques y jardines, sino porque ha quebrado algo tan íntimo y personal como es la confianza depositada en una persona que en su día aspiró incluso a dirigir el Partido Popular en la provincia. Pero es que, como todo el mundo sabe, la confianza a veces da asco.

Que una banda de bandidos haya campado durante más de una década por una delegación municipal llevándose por lo bajini contratos millonarios a tutiplén y que nadie se haya percatado resulta tan difícil de creer como que Luke Skywalker fuese capaz de vencer al maléfico Darth Vader esgrimiendo un humilde tenedor.

El silencio de tumba de la oposición municipal en todo este asunto es cuanto menos sorprendente, si no indignante. Lo mismo puede extenderse a los sindicatos de la corporación municipal. Que cuando la ciudad está en el epicentro del ojo del huracán por los diferentes mangoneos que nos asolan, se utilice la vieja táctica del silencio y de mirar para el otro lado es, cuando menos, de vergüenza. Es lo que sentirán en estos días la inmensa mayoría de sevillanos de todas la ideologías.

Es bien cierto que el alcalde debe una explicación a todos los ciudadanos sobre lo que está ocurriendo en ese antro de corrupción en el que ha acabado por convertirse la delegación de Parques y Jardines. Es de esperar que se produzca cuando la exhaustiva investigación interna que dice haber ordenado alcance algunas conclusiones.

Pero la cosa se barruntaba de lejos y por ello también la deben, y no de menor minuciosidad, todos aquellos que ahora, cuando la sombra alargada de la podredumbre se extiende sin reparos por la ciudad, callan y posan la mirada en otros parajes más amables. Porque sería un craso error el convertir en mantra sagrado la confusión del compañerismo con la complicidad.

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