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28 diciembre 2012

Historia de una rampa en la margen del Guadalquivir

Aquella tarde del pasado otoño, mi compañero Jesús Rodriguez y yo nos dirigimos a Puebla del Río a entrevistar a un pescador que optó desde el principio por que su nombre permaneciera en el anonimato. Le llamaremos José.

Cuando llegamos, el sol ya inclinado permanecía aún lo bastante alto como para proyectar las sombras espigadas de los eucaliptos del horizonte más próximo sobre el brillo mortecino de las aguas del Guadalquivir. Serían alrededor de las cinco y media de la tarde y en ese momento un enorme carguero atestado de contenedores surcaba las aguas fluviales camino de Sevilla con paso cansino.


Habíamos quedado en el pantalán, junto al muro que defiende de las acometidas de las aguas a un pequeño quiosco que sirve como bar y sede de un club de pesca local. Queríamos saber su opinión sobre el polémico proyecto de dragado de profundización del Guadalquivir para incorporarla al reportaje en el que estamos trabajando. José se había prestado a dárnosla sin ningún problema.

Cuando la entrevista estaba finalizando, nos contó una anécdota sobra una rampa junto al muro que construyó hace unos ocho años la administración para impedir que las aguas continuaran desmoronando el barranco de tierra que se extendía donde finalizaba el muro de contención. Al abordarse las obras, se presentaron allí el subdirector de Costas y un ingeniero técnico del departamento responsable.

José, cuyos 60 años de vida han transcurrido entre esos dos márgenes del Guadalquivir,  se les acercó. Entabló conversación con ambos y les trasladó su opinión: en vez de una rampa que el río acabaría fagocitando con el tiempo, lo mejor era prolongar el muro de contención. Además, pidió que limpiaran en profundidad el cauce y que quitaran todas las piedras y porquerías del fondo, para que las personas pudieran disfrutar de él, en especial los pescadores que por allí solían acercarse.

 
La petición obtuvo por respuesta la consabida promesa por parte del subdirector de Costa que el tiempo se encargaría de catalogar como incumplida. A cuenta de la rampa, que costó según sus palabras 30 millones de pesetas, se produjo un peculiar coloquio de besugos, bastante representativo de la realidad de este país.

-Qué lástima de dinero que se está tirando ahí- comentó José.

-No, hombre, aquí no se tira dinero- afirmó tajante el ingeniero.

-Esta obra es tirar el dinero –insistió José-. Una lástima, con lo bonito que es gastar.

-No, hombre, creo que está equivocado- replicó el funcionario.

-Cuando pasen siete u ocho años se da una vueltecita por aquí y comprobará que ya no queda nada de la rampa.

-Esto es para toda la vida –arguyó el ingeniero ante la insistencia del pescador-. Vamos a poner aquí unas baldosas de éstas cogidas con alambre…

-Eso aquí no vale -sentenció el pescador-. Con el tiempo ese alambre se pudre y las piedras irán todas al canal. Es mejor el muro.

-El muro no podemos ponerlo –concluyó visiblemente contrariado el funcionario-. Ponemos esto y si, cuando pasen siete u ocho años, hay que venir a gastarse otros 30 millones se hace y no pasa nada. Si no, yo no me llevo nada.

-Me voy, ya estoy estorbando -sentenció José dando por finalizada la conversación-.

Ese día, José hizo que nos acercáramos al borde donde debía estar la dichosa rampa. De lo construido no quedaba nada y el terraplén tenía que permanecer protegido por vallas de tráfico para advertir del peligro a los niños del pueblo que suelen bajar allí a jugar. Los restos de las grandes baldosas cogidas con alambre habían sido arrastrados y erosionados por el río hacía ya algunos años. Todavía se podían ver los salientes de algunos de ellos por encima del nivel del agua, como si fueran lomos serrados de dragón. “Los que dirigen la margen de este río tan maravilloso no tienen ni idea de lo que es un charco, cuanto más un río”, comentó José a nuestro lado mientras nos los mostraba desde la orilla.

Artículo publicado en sevilla report.

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