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28 agosto 2011

Las sorprendidas putas de la calle Ravel

Pocas cosas tienen la capacidad de sorprender a las putas de la calle Ravel. Los burdeles son como praderas inmensas por donde cabalga a sus anchas la franqueza, de ahí que las putas de la calle Ravel, visto lo visto durante su vasta experiencia sondeando todos y cada uno de los estratos de la sociedad que se reclinan sobre los filos de sus camas desvencijadas, hubieran llegado a la conclusión de que ya no existía cosa en el mundo capaz de sorprenderlas.

Durante las horas del tedio de la espera de clientela lo comentaron alguna vez, en los coros aburridos bajo el sopor de la penumbra, escuchando a lo lejos la letanía sorda de la alcahueta, quejándose de lo mala que está la vida que hasta los hombres han dejado de ir de putas como antaño.

-Nada hay más previsible que un hombre salido- decían.

Todo cambió la noche que aquel tipo extraño y silencioso atravesó la cortina de cuentas y se sentó en el mustio sofá a la espera del desfile de fulanas. Aquel día eligió a la Rosalba, muchacha jovial y voluntariosa que se jactaba de hacer el amor lo mismo con su cuerpo que con su verborrea incontenible.

Cuando la Rosalba bajó de las habitaciones, tras el ritual del beso en la mejilla de despedida, con el asombro dibujado en el rostro y los ojos en pregunta viva, sus compañeras no salían de la extrañeza. La abordaron nada más sentarse en el sillón de la sala de espera, sabedoras de que la Rosalba rara vez regresaba del tajo tan enmudecida, con el verbo maniatado en una especie de estupefacción crónica que le palidecía el rostro enjuto y tostado de allende los mares.

-¿Qué te pasó?- le preguntaron.

-Que se lo ha llevado- respondió.

Acuciada por las preguntas de las compañeras, la Rosalba contó que aquel tipo tan raro, una vez concluido el servicio, le pidió el preservativo, lo anudó con un lazo de vaquero y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta, antes de vestirse y marchase por la misma puerta por donde había entrado.

-¿Para qué querrá un condón lleno de su propio semen?-

Ninguna de las integrantes de aquel cónclave de sabiduría supo dar respuesta a la cuestión, o dieron tantas que al final ninguna de ellas prevaleció como la probable. Lo cierto es que una semana después el individuo regresó y el murmullo en la sala de espera, antes de desfilar para sus ojos tristes, no se hizo esperar.

-Está ahí de nuevo.- advirtió la tercera mientras las invitaba a apresurarse con aspavientos de las manos.

En aquella ocasión eligió a la Angelines, una profesional de prestigio rememorada por su clientela debido a los tutes infatigables a los que la sometía al tiempo que cumplía con su cometido. Mientras la Angelines se afanaba con dedicación en su misión, la incertidumbre se instaló en la sala de espera entre las librantes y las miradas se estancaban en el recodo de la escalera que daba acceso a la planta de las habitaciones.

La espera se hizo más larga de lo habitual a causa del consabido celo profesional de la Angelines. Cuando descendió del piso superior, rituales de despedida incluidos, traía la misma cara de haber visto un fantasma que su compañera la semana anterior.

-Lo ha vuelto a hacer.- dijo nada más aterrizar en la sala de espera.

-¿Para qué lo querrá?- se preguntaron a coro las demás.

La desbordante imaginación de las meretrices no se hizo esperar e inundó la sala de suposiciones sin fundamento alguno; para venderlo, fecundar artificialmente a una esposa con dificultades, donarlo a la ciencia, liofilizarlo... ¡vete a saber!

Lo cierto es que, desde el día aciago que aquel individuo enjuto y misterioso atravesó la ancestral cortina de cuentas del burdel de la calle Ravel, sus putas memoriales recuperaron de súbito la capacidad de sorprenderse por el uso extraño que el cliente daba a uno de sus habituales instrumentos de trabajo.

Ahora ya no hay puta que aguante las agitadas tardes de espera en la penumbra de la sala donde antes el aburrimiento tuvo instalada su morada, porque apenas pueden contener el ansia de que llegue el día señalado de la semana en que, alguna de ellas, le pueda sonsacar entre los desfogues del placer el fin misterioso del condón usado.

2 comentarios:

megustas dijo...

que gusto dá volver a leer un relato tuyo!!!
Me encanta cuando lo haces.
Imagino alguna posible respuesta al misterio, pero como las de las putas de la calle ravel, posiblemente mi teoría tampoco sería la elegida como definitiva.
Un abrazo Jack!

Jack Daniel's dijo...

megustas: os lo tenía prometido y no os podía fallar. En cuanto a lo del misterio, yo tampoco he sido capaz de resolverlo.

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