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27 marzo 2010

La política de tierra quemada de Guillermo Gutiérrez en Tussam

Mañana, salvo milagro, será la primera vez que Sevilla se vea casi sin autobuses en una fecha tan señalada como el domingo de Ramos.

Aunque los directivos de la empresa a estas horas estarán con toda seguridad frotándose las manos entusiasmados por el negocio –ellos mismos se jactan con la boca pequeña afirmando que una huelga durante la Semana Santa, lejos de perjudicar a la empresa, es como si le hicieran un favor-, no pensarán igual la mayoría de los sevillanos que se lanzan a las calles en dicha fecha para disfrutar los desfiles procesionales.

Si, por casualidad, esos cientos de miles de personas sienten la necesidad de agradecer a alguien semejante deferencia, pueden dirigirse a un hombre sin par: el doblemente imputado Guillermo Gutiérrez.

La política de tierra quemada que Gutiérrez y su fiel escudero Arizaga llevan aplicando sistemáticamente desde hace años en Tussam no podía ofrecer un resultado distinto, precisamente porque el que se buscaba a conciencia era éste. Los actos de pública hipocresía en el confesionario de los medios no tienen otra finalidad que implantar de manera permanente la cortina de humo necesaria para que sus planes no se desvíen y puedan llegar a buen puerto. Y a fe que lo están consiguiendo, ante la ancestral ceguera de algunos y la pasividad imperdonable de otros, amén del habitual mercadeo de los medios borregos.

La estrategia es tan antigua como el hambre, lo que no quita que, en una sociedad como la que vivimos, continúe siendo tan eficaz como la primera vez que se puso en marcha.

Consiste en implantar un clima de cuartel cuyo primer objetivo es impedir el diálogo y convertir las relaciones laborales en un cautiverio. Sólo con esto ya se garantiza que la crispación, a la que habrá que ir aumentando el nivel de decibelios convenientemente, se postule como la característica que marcará las relaciones personales durante el período de tiempo que dure el proceso. A esto hay que añadirle el enrocarse en posiciones anquilosadas y sin posible salida, de manera que la negociación es ya un cadáver que se vela en las mesas debidamente amortajado desde antes de su comienzo.

Aderécese el plato con no pagar a los trabajadores una parte importante de sus salarios legalmente establecidos del año anterior –en algunos casos superan ya las pérdidas los 1.500 euros-, mientras la empresa continúa adquiriendo autobuses a precios millonarios, en contradicción clara con su discurso de que siguen sobrando líneas. Añádasele unas gotas de extracto de oscurantismo, para negar el pan y la sal a la transparencia necesaria para que procesos como el que se quiere afrontar en Tussam sean del todo inviables, unas cuantas conspiraciones paranoicas para intentar enturbiar el equilibrio sindical que emana de las urnas y de la libre decisión de los trabajadores y ya está el explosivo cóctel listo para su consumición.

Mientras tanto, la espesa cortina de humo, aventada convenientemente por los medios sumisos, se encarga de que el foco de atención se desvíe de lo que realmente es la madre del cordero del asunto: las cuentas de la empresa, que hacen aguas de manera incontenible, y la idoneidad de ciertas decisiones adoptadas que apuntan más hacia la financiación irregular de actividades que nada tienen que ver con el objeto de la empresa que a lo que se entiende como una gestión responsable de los recursos públicos. No creo que sea irrelevante para la ciudadanía el conocer con detalle cómo se gestionan sus impuestos, otra cosa es que no interese que se sepa, pero negar la contabilidad del gasto público es uno de los gestos más antidemocráticos concebibles. ¿A nadie se le ocurre solicitar que intervenga el Tribunal de Cuentas?

Es lo que llevan a gala Gutiérrez, ese socialista transformador, y el ínclito Arizaga, que con toda seguridad jamás será recordado por su "obra". Nada que sea contradictorio con lo que para ellos es ya costumbre. Todo en una ciudad aturdida por el clima de orfandad que impone el estar regida por un alcalde que se va, pero que nunca acaba de irse.



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