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04 agosto 2009

Pasar la página del Congo

Es sintomático que ya no escandalice a nadie que lo único que está a salvo de los salvajes ataques de unos y otros en los campos de batalla permanentes de la República Democrática del Congo sea el comercio ilegal de minerales. La pasta siempre se ha mostrado muy hábil a la hora de esquivar las balas, sobre todo cuando es esa misma pasta la que hace posible que las armas escupan sus poemas de sangre.

Poco importa que las minas continúen siendo explotadas por casi doscientos mil mineros pobres, entre ellos cientos de niños, sin ningún tipo de seguridad y expuestos a las radiaciones mortales del mineral y que se detenga y criminalice a quien tiene la osadía de denunciarlo.

Lo verdaderamente importante es que ese mineral, que se lleva por delante un reguero interminable de vida y el futuro de una vasta región, llegue incólume a las grandes multinacionales occidentales, que se encargarán de limpiar su letal rastro de muerte para convertirlo en desorbitados beneficios que contenten a los magnates del capitalismo moderno.

Mientras tanto los gobiernos, sabedores de la sucia procedencia de la materia prima y bajo cuyas legislaciones trabajan las empresas multinacionales que la comercializan, se dedican a mirar para otro lado y a no mover un dedo, en un ejercicio más de la recién renovada ética del sistema.

Y, en concordancia siniestra con quienes nos gobiernan, a los ciudadanos de a pie, asustados por la alarma del titular, no nos queda otra que tirar de la siempre bienvenida inmunización contra la tragedia y pasar la página del diario de turno, no vaya a ser que nos dé por hacer algo al respecto.

A fin de cuentas, esas cosas sólo pasan en los periódicos o en las televisiones y nunca en la vida real, gracias a dios.



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