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31 octubre 2007

La alucinación tecnológica

Hace días me acerqué al remozado centro histórico de la ciudad en un intento vano de encontrar territorios vírgenes donde recopilar la chatarra que me proporciona el sustento del tan ansiado líquido dorado.

Caminaba por la recién estrenada zona peatonal, sorteando no sin dificultad con mi carrito de compras cochambroso los raíles del flamante tranvía que las transita, como si de un formidable pepino sideral plateado con ruido de arrastre de cadenas se tratase, cuando una de las pocas personas que no se apartó al advertir mi presencia, despectivas y con caras de asco, una señora entrada en años y vestida con sencillez, protestó a mi altura.

-¡Estamos locos, coño!. -decía- Desmontamos una red entera de tranvías y ahora, tantos años después, volvemos a poner uno que nos va a costar un riñón y parte del otro.-

Hasta entonces no advertí que no se veía un tranvía por las calles de Sevilla desde finales de los cincuenta y que, lo que ahora se vende como la última tecnología en lo referente a un transporte urbano respetuoso con el medio ambiente, había sido puesto en marcha allá por los años veinte, conviviendo entre nosotros por espacio de algo más de treinta años, hasta que a algún lumbreras municipal se le ocurrió la brillante idea de dilapidarlo, para suplantarlo por una flamante flota de los por entonces novedosos autobuses de gasoil.

En aquellos tiempos, supongo, el respeto por el medio ambiente se la sudaba a los prebostes municipales y la previsión a futuro no era una de las prácticas más habituales, porque, a pesar de que el autobús es un sistema mucho más rápido que el tranvía, no había que ser futurólogo para adivinar que la expansión del coche privado conllevaría a la larga una mayor contaminación del aire que respiramos y un caos circulatorio que podría derivar en el colapso total.

En este caso ha ocurrido lo mismo que con los ordenadores y teléfonos móviles, que no acabas de quitarle el precinto el que te has comprado, cuando ya ha salido al mercado uno nuevo que lo convierte en obsoleto, como si la tecnología sufriese de alucinaciones, sólo que con el tranvía han transcurrido la friolera de cincuenta años y ha sido en el sentido inverso.

Así pues, a pesar de lo tardío de la rectificación, no me queda otra que alabar una medida que despeja de polución los edificios más emblemáticos de la ciudad –otro día hablaré de las cagadas de las palomas, que es otro cantar- y que permite que el aire sea algo más respirable en lugares donde tradicionalmente apetece el paseo y la reflexión.

Lo que no puedo dejar de achacarle al ínclito alcalde de la ciudad es la misma falta de imaginación y previsión de futuro que demostraron quienes desmantelaron los tranvías en los cincuenta, porque para que el pepino sideral plateado circulara, no era necesario poblar las calles con un oscuro bosque tupido de tubos de acero que oculten la plasticidad de la vista monumental a los ojos de los paseantes, como ha ocurrido con las horteras catenarias que ha instalado por doquier.

Como tampoco puedo dejar de sorprenderme ante las inauditas declaraciones del lamentable Gerente de Tussam, el celebérrimo Arizaga, que ante el descarrilamiento de un tren a tan sólo tres días de su inauguración, menuda gloria, lejos de asumir su responsabilidad en el asunto, achaca el mismo a un fallo eléctrico y humano, cómo no, del conductor del tranvía en cuestión.

Imagen: Diario de Sevilla

Quizás es que no encuentra otra manera de justificar la ineficacia y la ineptitud propia y se dedica a vilipendiar a los demás como justificación, porque tras seis meses de pruebas es inexplicable que sucedan acontecimientos como el de hoy sin que se vea salpicada su labor como gestor público.

Lo que nadie se pregunta en estos momentos es si la puesta en funcionamiento del tranvía es la más idónea, si la formación y selección del personal ha sido la más adecuada, dado el hecho de que la inmensa mayoría de los trabajadores está públicamente en contra de la manera en que se ha llevado a efecto, y si con unas relaciones laborales tan deterioradas como las que existen en la actualidad en la empresa municipal, tras la huelga en vísperas de las pasadas elecciones, era conveniente improvisar de la manera de la que se ha hecho. Claro que, dado el talante de este señor, no me extrañaría nada que mañana inculpase a los trabajadores de acciones batasuneras para sabotear el nuevo sistema de transporte, como ya ha hecho con anterioridad en otros asuntos. Cualquier cosa menos una lámpara en su traje inmaculado, que para eso están los currelas, para cargar siempre con las culpas ajenas.

25 octubre 2007

La vieja prisión del barrio

Una prisión abandonada siempre desprende un hálito marchito de belleza misteriosa y confusa, tal vez porque nos gusta soñar que la clausuraron por falta de huéspedes que alojar y acabó convirtiéndose en una mastodóntica maquinaria inservible y quejumbrosa, o porque puso de manifiesto su ancestral ineficacia a la hora de dotar de contenido a palabras casi hueras, como el sustantivo rehabilitación.

No es este el caso, la prisión del barrio la cerraron por motivos propios de la edad, porque también el transcurso del tiempo es causa de deterioro y envejecimiento para las prisiones -a pesar de que lo que contienen es una condensación imprecisa de fracciones de tiempo usurpado a vidas extrañas- y, al contrario de lo que les sucede a los edificios nobles, a los que el tiempo hace aparecer ante nuestros ojos más esplendorosos, rescatados por el brillo proyectado por una luz de otra época, en las prisiones ocurre como en la vida misma; el tiempo te va desgastando con sus dentelladas feroces y, finalmente, te mata.

La cárcel de Ranilla, así es como se la conoce, está vinculada desde los inicios a la historia del barrio. Cuando liberaban a un preso, el tañido de las campanas de la iglesia se extendía por el aire como un lamento crónico, para que sus habitantes se enteraran de que alguien había recobrado su libertad perdida y, durante sus recorridos procesionales, la cofradía hacía enfrentar sus dos pasos al chirriante doble portón de entrada, abierto de par en par, en un intento vago de transmitir un soplo de esperanza a sus desahuciados moradores.

Incluso se produjo, hace años, la espectacular fuga de un elevado número de reclusos a través de las alcantarillas del subsuelo, que revolucionó al vecindario y consiguió que la chavalería se concentrara en los alrededores y vitoreara a los prófugos como si de estrellas del balompié se tratara.

Pero quizás sus episodios más célebres fueron aquellas manifestaciones durante la dictadura solicitando la amnistía de los presos políticos, en las que la multitud rodeaba la prisión coreando consignas y ondeando pancartas y banderas, que solían acaba en una batalla campal, con intercambio de pedradas y lanzamiento de botes de humo y disparos al aire, y una bandada incontrolada de humanos corriendo alocada por las calles del barrio refugiándose en los portales sombríos del acoso de los antidisturbios y sus porras legendarias.

Y, cómo no, el trágico atentado de ETA mediante paquete bomba, que estalló cuando pasaba por el escáner y que costó la vida de cuatro personas -un funcionario, dos reclusos y un visitante- y que estuvo a punto de provocar que lincharan en mitad del patio, ante los ojos de todos, a los presos de la banda terrorista que allí cumplían condena y que salvaron sus vidas precisamente por causa del celo de los propios funcionarios que se encontraban de servicio.

Hoy sólo el silencio deambula por sus pasillos desolados y la maleza renacida se abre paso a empellones entre las ruinas y los escombros abandonados a su suerte. Los moradores actuales son otros y están allí por motivos diferentes, entre otras cosas, porque a ellos no les ha sido arrebata su voluntad a manos de la sentencia de un juez togado.

Las ratas y los pájaros, los insectos y los reptiles, la naturaleza en fin, se han vuelto a adueñar de lo que fue la caja fuerte de las almas libres de varias generaciones de ciudadanos y moran a sus anchas en sus predios, en lo que constituye el más hermoso canto a la libertad que hoy se puede contemplar en la ciudad.

Ahora el ayuntamiento ha decidido hacer un parque, un centro cívico, una promoción de viviendas, pistas deportivas, un museo y una comisaría en el inmenso solar selvático y ruinoso que queda en el extremo norte del barrio. Ya no se podrán contemplar las garitas y alambradas mohosas, ni las tapias coronadas por alambre de espino que los grafiteros del barrio han reutilizado para la exposición de sus obras, tampoco la virgen pálida que preside desde su altura todo el complejo, y por ello os la traigo aquí, para rescatarla de la memoria colectiva y salvarla del olvido de los hombres.


03 octubre 2007

Una limpieza coherente

Si algo aprecio en este mundo de hipócritas es la coherencia. Soy de los que defienden que, si cada uno procurara ser coherente consigo mismo a diario, esta sociedad de mierda que hemos construido entre todos ganaría bastante.

La mejor prueba de ello es la actitud manifiesta de la empresa pública de limpieza de la ciudad, sí, aquella que trató de hacer del lema “tu ciudad, más limpia que ninguna” la frase de cabecera para cada uno de nuestros actos.

Pero lejos de quedarse ahí, en un mero eslogan testimonial, continuó con la extraña y poco frecuente costumbre de pregonar con el ejemplo, de ahí que, a la hora de propugnar una ciudad limpia y sostenible para el disfrute de sus habitantes, haya puesto en práctica la sana política de que sus empleados se desplacen en bicicleta para cumplir con su loable cometido y así evitar polución y ruidos a la ciudadanía.

Y hete aquí que ahora, cuando paseas tranquilo por las calles, te los ves venir a todo trapo por el recién inaugurado carril bici, como Indurain en contrarreloj del tour, enfundados en sus llamativos uniformes multicolores, prestos a acudir con diligencia a su cita diaria con la escoba, fieles a su compromiso inquebrantable con la ciudad que les paga.

Yo me siento especialmente orgulloso de ellos, a fin de cuentas viven de manipular las basuras y desperdicios de los demás, como yo mismo, porque esa actitud de coherencia con lo que son me hace soñar que, algún día, esta jaula de grillos donde convivimos pueda llegar a ser diferente.

Por eso, cuando los veo pasar a toda velocidad, los saludo desde la acera, como si de una competición de renombre se tratara, ante la mirada de asombro e incredulidad del resto de los viandantes, que se preguntan para sus adentros qué hace este loco pordiosero saludando a los basureros a su paso.

Es precisamente en estas ocasiones cuando me gustaría saber qué hacen ellos por la ciudad que los acoge bajo su manto y cuál es su grado de coherencia. Seguro que no cabría dentro de la sorpresa.